Utz by Bruce Chatwin

Utz by Bruce Chatwin

autor:Bruce Chatwin [Chatwin, Bruce]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 1987-12-31T16:00:00+00:00


En 1708 entrega a Augusto las primeras muestras de porcelana roja y, al año siguiente, de la blanca.

En 1710 se funda en Meissen la Fábrica Real de Porcelana de Sajonia, que empieza a trabajar en escala comercial. «Arcanum» —palabra que generalmente emplean los alquimistas— es el término oficial que designa la composición de la pasta. La fórmula es declarada secreto de Estado. Casi inmediatamente el asistente de Böttger traiciona el secreto… y lo vende a Viena.

En 1719 Böttger muere, víctima del alcohol, la depresión, el delirio y el envenenamiento químico.

Durante la inflación alemana de 1923, los bancos de Dresde emiten moneda de emergencia, en porcelana roja y blanca de «Böttger».

Utz me mostró algunos ejemplares de este «dinero raro» que obraban en su poder. Los dejó caer en la palma de mi mano, como si fueran bombones.

—Muy interesante —comenté.

—Pero ahora le contaré algo aún más interesante.

La mayoría de los expertos en porcelana, prosiguió, interpretaban el descubrimiento de Böttger como un subproducto utilitario de la alquimia… equiparable a la cura mercurial de Paracelso para la sífilis.

Él no estaba de acuerdo. Consideraba que era necio atribuir a los tiempos pasados las preocupaciones materialistas del presente. Excepto entre los profesionales más banales, la alquimia nunca había sido una técnica encaminada a multiplicar la riqueza hasta el infinito. Era un ejercicio místico. La búsqueda del oro y la búsqueda de la porcelana habían sido facetas de un mismo anhelo: el de hallar la sustancia de la inmortalidad.

En cuanto a él, había emprendido estudios de alquimia a instancias de Zikmund Kraus, tanto porque era un campo apropiado para sus impulsos enciclopédicos, como porque era un medio para elevar su «manía de la porcelana» a un plano metafísico: así, si los comunistas se apoderaban de la colección, él seguiría poseyéndola igualmente.

Utz había leído su Jung, su Goethe, a Michael Maier, los desvarios del doctor Dee y el Dictionnaire Mito-Hermétique de Pernéty. Sabía todo lo que había que saber acerca de la «madre de la alquimia», María la Judía, una química del siglo III que, según se decía, había inventado la retorta.

Los alquimistas chinos, añadió, acostumbraban enseñar que el oro era el «cuerpo de los dioses». Los cristianos, con su énfasis en la simplificación, lo equiparaban con el Cuerpo de Cristo: la sustancia perfecta, incorruptible, un elixir capaz de arrebatarnos de las Mandíbulas de la Muerte. Pero este oro, ¿era el oro tal como lo conocíamos? ¿O un «aurum potabile», que había que beber?

Se pensaba, dijo, que las piedras preciosas y los metales maduraban en el seno de la tierra. Así como un feto pálido se transformaba en una criatura de carne y hueso, así también los cristales enrojecían y se trocaban en rubíes, la plata en oro. El alquimista creía que estaba en condiciones de acelerar el proceso con la ayuda de las dos «tinturas»: la Piedra Blanca, con la cual los metales viles se convertían en plata; y la Piedra Roja, que era «la obra final de la alquimia»… ¡El mismísimo oro! ¿Yo entendía eso?

—Espero que sí —murmuré débilmente.



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